En la House no es raro tener a uno o dos aprovechados. Hay tipos que crecieron sin respetar las cosas de los demás y “pillan prestado” lo que les da la gana: no móviles ni relojes caros, más bien tonterías como una soda o un par de cigarros. Parece poca cosa, pero hasta esas mierdas pueden armar un drama enorme cuando todos están tensos. Cuando en la vida ya casi lo perdiste todo, incluso las sobras del refri son algo a lo que te aferras. No es la jungla “afuera”, la jungla está en la House.
Tenemos un rubito nuevo, 18+, del Deep South. Educado de cara, pero con las manos largas y probando límites. Tras dos días de quejas y acusaciones, decidí dejarle claro: aquí respetas lo ajeno… o lo compensas.
Me lo llevé a la cocina, le hice pedir perdón y le dije que podía arreglarlo de la forma que mejor se le da. Se puso de rodillas y se aplicó como si estuviera ganándose el puesto. Un poquito de dientes, pero el chico tiene ganas y aprende rápido. Luego lo subí al taburete y le hice ofrecer ese culo prieto. Es pequeño y flexible, y cuando lo abrí, lo aguantó como un campeón: gemidos, quejidos, agarrado a la encimera mientras yo se lo metía profundo y duro.
Se montó mi polla mirándome fijo, presumiendo lo elástico que es, y lo usé hasta estar a punto de correrme. Lo bajé y le hice rematar con la mano y la boca, tragándose todo como un buen slut. Será un vago pesado, pero cuando quiera soltar tensión, ese boy pussy va a ser mi plan fijo.